Ahorro Energía

La sorprendente conexión de Stonehenge con el Sol y la Luna

6 de septiembre, 2026 · 4 min de lectura
La sorprendente conexión de Stonehenge con el Sol y la Luna

¿Qué misterio esconden las piedras de Stonehenge?

Cuando pensamos en los grandes monumentos del pasado, muchos se preguntan qué secretos podrían revelar. A menudo, estructuras como Stonehenge son más que simples ladrillos o piedras apiladas; son una reflejo de la cultura y conocimiento de quienes las construyeron. Stonehenge, en particular, ha fascinado a generaciones enteras debido a su ubicación y alineación cósmica. ¿Podría ser que bajo su apariencia arcaica resida un entendimiento avanzado del cosmos y el tiempo?

Una exploración revolucionaria en 1961

En 1961, el astrónomo Gerald Hawkins llevó a cabo una investigación innovadora sobre esta emblemática estructura megalítica. Armado con un equipo poco convencional para la arqueología de su tiempo—a saber, un ordenador IBM 7090—Hawkins se adentró en el mundo de las matemáticas y la computación para descifrar uno de los más interesantes enigmas del mundo antiguo. Su misión era sencilla pero profunda: identificar cómo las orientaciones y alineaciones del monumento podían estar conectadas con los ciclos astronómicos del Sol y la Luna.

Después de recopilar meticulosamente información sobre las posiciones de las piedras, arcos y agujeros que forman el círculo de Stonehenge, Hawkins utilizó el potente ordenador para realizar complejas simulaciones. Los resultados fueron sorprendentes: muchas de estas alineaciones correspondían a fenómenos naturales significativos, como los solsticios y equinoccios. Esto lo llevó a formular una teoría que sugería que Stonehenge podía haber funcionado como un sofisticado observatorio astronómico.

Agujeros misteriosos: ¿un sistema prehistórico?

Uno de los hallazgos más intrigantes fueron los denominados «agujeros de Aubrey», un círculo compuesto por 56 cavidades alrededor del monumento. Hawkins argumentó que estos agujeros podían haber servido como un dispositivo para contar ciclos lunares. La cifra exacta de 56 resonaba especialmente bien ya que se alinea con ciertos ciclos lunares. Así, los constructores podrían haber anticipado eclipses o fases importantes del ciclo lunar.

Cabía preguntarse si este sistema podía ser considerado una especie de “ordenador” primitivo—no en el sentido moderno, claro está, sino como un medio ingenioso para seguir el movimiento celeste y posiblemente influir en acontecimientos sociales o ceremoniales. Esta idea transformó radicalmente la percepción pública sobre lo que pudo haber sido Stonehenge; muchos comenzaron a verlo no solo como un sitio ceremonial sino también como una plaza científica del paleolítico.

Cambio en la perspectiva arqueológica

A pesar del entusiasmo inicial que generaron sus teorías, no tardaron en surgir críticas. Arqueólogos contemporáneos y expertos comenzaron a cuestionar algunas premisas fundamentales sostenidas por Hawkins. Richard Atkinson fue uno de los primeros críticos; aunque reconoció la importancia astronómica del lugar, subrayó que era necesario ser cauteloso con las conclusiones sobre su funcionalidad precisa.

A medida que avanzaban las investigaciones, surgieron nuevos elementos que complicaron aún más la narrativa propuesta por Hawkins. Se llegó a comprender que Stonehenge no fue creado ni diseñado en una única fase, sino que evolucionó a lo largo de más de mil años. Esto plantea dudas sobre si realmente podemos clasificarlo como un instrumento científico único o si simplemente es parte de una serie caótica de construcciones a lo largo del tiempo.

Ponderando la verdad detrás del mito

Diversos especialistas actuales revisitan las antiguas teorías con un enfoque renovador. Establecen que mientras ciertos aspectos astronómicos pueden tener validez, es probable que lo primordial para sus constructores fuera una celebración ritual más allá del simple seguimiento lunar o solar. En otras palabras, aunque los movimientos celestes pudieran haber tenido una importancia cultural significativa, es menos seguro afirmar que existía una comprensión científica comparable a la nuestra hoy día.

Años después de aquella exploración pionera en 1961, el encanto místico e interactivo que rodea a Stonehenge perdura. Lo maravilloso reside precisamente en esa combinación entre ciencia e historia—el intento humano por entender su entorno incluso desde épocas neolíticas nos ofrece pistas sobre nuestras propias raíces culturales.